8/13/2012

ENTREVISTA.  Sábado 11 Agosto 2012

Marco Palacios, el historiador más importante del país, habló con SEMANA sobre su nuevo libro, 'Violencia pública en Colombia 1958-2010', en el que reinterpreta el conflicto que ha atenazado al país en los últimos 50 años.




SEMANA: ¿Y usted cree que esta guerra se puede ganar?

M.P.: Las élites colombianas solo buscan reproducirse a sí mismas y extender su poder familiar, de amigos, de roscas, a otros campos. Parte de la nata del país se reunió para escuchar a Bill Clinton en Cartagena y este les dijo que si querían ganar la guerra tenían que poner plata y sangre. Es decir, pagar más impuestos e ir al frente de batalla. Y como los ricos no quieren pagar pocos impuestos y no ir a pelear, están tratando de resolver la guerra con soldados profesionales.


SEMANA: ¿Qué tiene de original 'Violencia Pública en Colombia, 1958-2010'?

MARCO PALACIOS: Me centré en la violencia pública de inicios del Frente Nacional hasta la segunda administración de Álvaro Uribe, mirando cómo se legitima el poder. Por ejemplo, planteo los efectos que tuvieron en esa violencia condiciones internacionales como la Guerra Fría, la guerra a las drogas y la guerra contra el terrorismo que en últimas legitimaron a muchos en el país.


SEMANA: ¿Y cuáles son esas claves que usted daría para entender esas violencias?

M.P.: Hablo de violencia pública, es decir, toda acción política por medios violentos que requiere un discurso para justificarse. Creo que el liberalismo occidental como filosofía política, para diferenciarlo del Partido Liberal, nunca pudo sembrar en el país los valores de la democracia y la ciudadanía. Por el contrario, soslayó la distribución equitativa de la propiedad agraria, permitió, bajo el formalismo con el que se maneja todo en este país, que los mandones locales desplegaran actitudes de matones y rufianes en su entorno y que, con sus fondos electorales y públicos, chantajearan hacia arriba. Esto, en las condiciones de desequilibrio económico y de poder que genera el narcotráfico y la tozudez de las políticas prohibicionistas de Washington, crearon ese coctel explosivo que se sirve a diario en Colombia.




SEMANA: ¿Cómo resumiría estos 50 años, que van de la violencia bipartidista a esta nueva, en la que pocos saben desde dónde se dispara?

M.P.: Durante ese medio siglo el país transitó del Frente Nacional, que a través de un inteligente pacto de élites políticas logró poner fin a la feroz violencia bipartidista, a otra violencia muy compleja. El Frente Nacional dejó por fuera a muchos actores sociales y políticos que aparecerían después en conflicto, como la guerrilla, que encontró en la guerra fría un discurso para legitimar su lucha armada. Después, aparecieron agentes que encontraron en la marihuana y la cocaína recursos para mantener ejércitos privados que ejercieron violencia pública. En los setenta y ochenta, cuando Estados Unidos dejó de preocuparse por el comunismo y convirtió a las drogas en su máximo enemigo, se desató una nueva guerra en las zonas donde se producen, muchas de las cuales son controladas por la guerrilla y otros grupos. Este desorden se dio en medio de un país en el que los partidos tradicionales se empezaron a erosionar electoralmente hasta formar un vacío que está tratando de ser cooptado por toda clase de políticos y partidos.




SEMANA: Pero el paramilitarismo también ha sido un promotor de la violencia.

M.P.: Los paramilitares vienen desde el Frente Nacional. En 1965, el gobierno los legalizó a nivel local, para defenderse de las guerrillas. Eso se salió de las manos con el narcotráfico, que los terminó usando o creando nuevos grupos armados para disputarse con la guerrilla las zonas y recursos que se requieren para este negocio. También fueron utilizados por latifundistas y ganaderos como ejércitos privados para defender sus intereses y su poder. Todo esto se enredó más con el 11 de septiembre que metió, nominalmente, narcotráfico y guerrilla en el mismo saco.




SEMANA: ¿Qué culpa tiene el latifundio en la violencia?

M.P.: Siempre ha considerado como subversivo cualquier propuesta que busque modificar el actual statu quo y el régimen de propiedad agraria que hace escasa la tierra para los que la trabajan con sus manos y viven de ella. Acuérdese que cuando Carlos Lleras quiso hacer la reforma agraria, los barones de la Costa lo denigraron y buscaron su salida. Pero cuando los narcos llegaron a comprarles las tierras y a ofrecerles el modelo paramilitar para defenderse de la guerrilla, muchos lo aceptaron, lo que demuestra hasta dónde son capaces de llegar para defender sus intereses. O si no, ¿qué es la parapolítica? Una demostración de cómo esos poderes terminaron tomándose administraciones locales para defender sus intereses o sacarles mayor provecho.




SEMANA: ¿Entonces, usted es poco optimista frente a la restitución de tierras del gobierno nacional?

M.P.: Descontado que la restitución de tierras no puede sustituir una reforma agraria, creo que plantea un enorme reto. Uno, por ejemplo, es que Santos heredó un país en el que no hay un catastro confiable que permita siquiera saber quiénes son los propietarios de las tierras. A esto se suma otro problema: la presión que las grandes mineras y capitales están ejerciendo sobre la tierra. Por ejemplo, es sabido que terratenientes del Valle se metieron a la Orinoquia a repetir el esquema de propiedad y monocultivo, que desde ya se sabe, que con Farc o sin Farc, va a ser una bomba de tiempo si el Estado no actúa.




SEMANA: ¿Y esta guerra es sostenible?

M.P.: El Plan Colombia demostró lo caro que es hacer la guerra y lo difícil que le queda al Estado colombiano hacerla solo. Estados Unidos, con su déficit fiscal, se está quitando. El dilema es qué hacer para mantener un Ejército que pide y pide más plata y que pocos se han preguntado si no está sobredimensionado.







SEMANA: ¿Usted cree que en Colombia sí puede haber paz?

M.P.: Francamente sí. No me parece para nada imposible. En términos de odios, hay que recordar cómo en 1957-1958 liberales y conservadores lograron ponerle fin y convivir de forma civilizada. Tal y como dijo Fidel Castro, la lucha armada ya no sirve y las Farc y el ELN deben escuchar esto. Sin dudas las guerrillas requieren una salida honorable y eso puede encontrarse. Y esa tarea les corresponde a los mandatarios que elegimos y pagamos los colombianos.




SEMANA: ¿Cómo ve el hecho de que un expresidente le está haciendo oposición al actual?

M.P.: Era de esperarse. Desde el momento que la Corte Constitucional falló sobre la inviabilidad de la segunda reelección se sabía que Uribe quedaría a la defensiva fuese quien fuese el sucesor. Y me parece que Uribe practica eso de que el ataque es la mejor defensa. Ahora bien, la democracia se basa en eso que llaman gobierno-oposición, y creo que el unanimismo por cooptación que está haciendo Santos, también es una vuelta atrás.




SEMANA: Cuando en México dicen que se colombianizó, ¿qué piensa?

M.P.: La palabra alude al nexo narcotráfico-asesinatos y matanzas. Pero ahora también al espejismo contrario. No en vano en medio de la campaña presidencial el candidato del PRI atrajo al general Naranjo; si bien pudo ser algo impolítico, Peña hizo un guiño a Washington, considerando el prestigio del general allá y las turbias relaciones de notables priístas con el narcotráfico.




SEMANA: ¿Parece que usted es poco positivo frente al país?

M.P.: Por el contrario, cuando voy al país y doy mis clases, veo un enorme potencial. Veo a jóvenes inteligentísimos, con mucha creatividad y más energía; propositivos. El problema en Colombia son las élites del poder, tanto las que están en el gobierno o en el Congreso como los guerrilleros y mafiosos que los quieren desalojar.




SEMANA: ¿No está siendo muy duro con la dirigencia del país?

M.P.: Nosotros tenemos una clase dirigente muy autocomplaciente. Se creen unos genios, que todo lo controlan y todo lo saben, como si fueran dioses del Olimpo. Esa autocomplacencia no les permite ver los problemas que siguen ahí. Por ejemplo, el Estado no ha podido controlar territorialmente el país, ni siquiera el control militar que han querido imponer sin inversión social. El problema es que mientras que en otros países hay garrote y zanahoria, en Colombia la fórmula ha sido garrote y bla, bla, bla; y la gente ya no come cuento.

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