2/14/2014

La Guatila. El 1 de enero de 1994 un grupo de indígenas descendientes mayas, interrumpieron los célebres “culebrones televisivos” con la toma armada de siete municipios en el Estado de Chiapas; un Estado al sur la Federación recientemente añadido al territorio de mexicano, profundamente selvático, indígena y abandonado de la intervención estatal. Sus demandas eran tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz. Luego de varios días de guerra y brutal intervención militar del Ejército Federal, los zapatistas regresaron a sus tierras recuperadas y comenzaron a caminar un nuevo camino, conspirado una década antes. Clareaba ya el amanecer luego de “la larga noche de los 500 años”.

A propósito de la celebración de los veinte años del levantamiento, fuimos invitadas a aprender de su libertad a una escuela en la que nuestra aula era la milpa y la cocina; las maestras, mujeres del maíz; el alojamiento su costado; el horario, el viaje del sol y el alimento, el maíz. Muchos fueron los sueños y sentí-pensamientos que nos invadieron por entonces y durante algunas lunas más, particularmente el que tiene que ver con el maíz, la milpa, la cocina y la posibilidad de construir autonomía desde allí.

Muy a las 3.30 a.m. Marely mi votana, y una versión somnolienta de mí, nos levantábamos a prender el fuego, hacer el café. Su hermana comenzaba a moler el maíz, nosotras tortillabamos mientras poco a poco, su mamá, abuela y tías salían de sus habitaciones para juntarse a la danza femenina que duraría hasta la puesta del sol. Por su parte, los hombres se levantaban a ordeñar las vacas, y luego de desayunar, caminaban hasta la milpa acompañados de su pozol y volvían cargados de bultos de maíz, frijol, calabaza, palmitos, naranjas, guayabas, limones, entre otros.

Mientas que en el norte el maíz es considerado comida para animales, en casa podíamos comer hasta cien tortillas diarias con fríjol y varios litros de pozol. Según yo, para la modernidad no existe lugar más repudiado y desvalorizado que la milpa y la cocina, en La Garrucha son los escenarios en donde se desenvuelve la vida zapatista. No hace falta ir al centro del Caracol, salvo para comprar o intercambiar algo por sal y aceite, para que la vida continúe su cauce natural. La omnipresencia de esta tríada maíz-milpa-cocina nos hizo pensar que justo ahí, en lo que las sociedades occidentalizadas llamamos “soberanía alimentaria” era en donde residía uno de los focos más importantes para la construcción de autodeterminación de los pueblos.

El maíz, eterno compañero de los pueblos originarios del Abya Yala, viene caminando con nosotros por más de diez mil años, cuando entonces no era más que una espiga. Su cultivo y cocción es un ritual diario sobre el cual se teje la cosmovisión del México profundo, la identidad y un modelo de producción anticapitalista, que permite al zapatismo sembrar y cosechar autonomía al menos dos veces al año.

La milpa es un agrosistema que permite que “las tres hermanas” (maíz, frijol y zapallo) crezcan juntas, aprovechando cada una las condiciones que le brindan las otras; así mismito, esos hombres y mujeres verdaderas se saben creciendo juntos y aprovechando lo mejor del otro para dar lo mejor de sí, sin necesidad de acudir a nadie más para seguir siendo lo que quieren ser.

Las comunidades zapatistas han construido durante estos 20 años escuelas, municipios, clínicas, caracoles, Juntas de Buen Gobierno, entre otras “entidades” autónomas, pero a nuestro juicio, es el control de los alimentos lo que permite que sus cuerpos y mentes estén dispuestas para la resistencia al mal gobierno y sistema capitalista, cuya única oferta es dejar de ser lo que somos.  Tal vez por eso los abuelos y abuelas dicen que si el maíz dejara de tener una mano que lo sembrara, dejaría de existir para siempre; así, si la gente de maíz dejara de consumirlo dejaría de ser de maíz, es decir, dejaría de ser lo que es.  

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