3/12/2014

Por Frísol

Entonces nosotros los muiscas, caminantes de los andes, paisanos de cóndores y ranas, comprendimos que no eran tres las semillas, sino una, una sola semilla de todos los colores. En la milpa se encuentran todas las semillas o la semilla de todos los colores, haciéndose cada vez más abundante y generosa, conforme los hombres y mujeres de los distintos colores y alturas las fueron sembrando en las tierras negras, en las tierras amarillas, en las tierras rojas y hasta en las aguas. Fríjoles y hombres naranjas, maíces y mujeres rojas, ahuyamas y otros seres amarillos fueron saliendo de allí. De esa unidad diversa aprendimos los muiscas, de esa unidad diversa sobrevivimos. Caminando, sembrando y comiendo la milpa nuestros pueblos se hicieron grandes, se hicieron dignos. Por eso, cada vez que un muisca o una muisca siembra la Milpa, se siembra a sí misma, a su familia, a su pueblo.


LOS TIEMPOS DE LA AGRICULTURA

En los sueños me conocí con los mayores, con los taitas de mis agüelas y las agüelas de mis taitas. No hubo necesidad de presentarnos. En los sueños me hablaron de épocas remotas, de muchas noches atrás, de los tiempos incontados, mucho antes de las guerras entre Zipas y Zaques, me hablaron de los tiempos en que principió la agricultura en la espesura del altiplano, que para entonces era espeso, y en la sabana abundaban los ojos de agua.

En ese lenguaje incomprensible pero perfectamente claro me hablaron de los tiempos de la agricultura. Bochica, protector y gran maestro de las muiscas, recién nos había salvado de la amenaza de las aguas, desocupando la inundación en el Tequendama. Entonces aprovechó los campos fértiles que se abrieron paso entre los humedales para enseñarnos sobre la esencia de la vida, el cultivo y lugar las semillas, porque de la semilla de la tierra habían surgido todas las cosas, incluso nosotras mismas.

Bachué, madre, bondad y conocimiento, antes de ascender a la tierra de la sagrada laguna de Iguaque, nos dio las semillas pero no nos enseñó a cultivar. En una totuma les entregó a los hombres y mujeres muiscas los fundamentos de la vida. Una semilla amarilla a la que nombró Maíz, una roja a la que nombró Fríjol y una naranja a la que nombró Auyama.

Bajo la mirada oportuna y penetrante del Cóndor, hacedor de los cielos, los seres de los valles fríos sembraron. Unos el Maíz por aquí, otros el Fríjol por allí y otras la Auyama por allá. En las alturas andinas no había habido mayor regocijo que el de esas mujeres y hombres que vieron crecer la vida de la tierra que era negra como la noche. Pero pronto vieron también cómo el maíz se achicopalaba entre la tierra seca, agrietada como sus curtidos rostros; vieron cómo el fríjol yacía tristemente sobre el suelo, extendiendo sus ramas en la infructuosa búsqueda de soporte;  y finalmente vieron cómo la auyama se enredaba en sí misma sin saber a dónde ir, abrasada por el taita Sol que desde arriba nada podía hacer. Donde hubo vida ahora la muerte se imponía.

Habiendo utilizado todas las semillas, los hijos y las hijas del Chiminigagua no comprendían qué hacer. Al día siguiente, los hombres y las mujeres de las alturas decidieron por acuerdo llevar una planta agonizante de cada semilla hasta los pies de la laguna sagrada de Iguaque, escondida bajo la neblina de los páramos, para pedir sabiduría a la agüela mayor, Bachúe. El sol y la luna danzaron durante varios círculos de la espiral sin recibir ninguna respuesta. Desahuciados, los hombres y las mujeres muiscas, los seres encogidos de las alturas, no aguantaron más y soltaron a llorar. Sus lágrimas, que pronto se juntaron en un solo torrente, se regaron sobre los moribundos alimentos.

Entonces allí, las tres semillas juntas, el maíz, el fríjol y la auyama, alimentados por las lágrimas hechas agua, tomaron un nuevo respiro. Y los frailejones, hermanos mayores y guardianes del páramo, fueron testigos de su unión infranqueable. La auyama, que antes no tenía rumbo, se arrastraba guiada por los tallos del maíz; el maíz, que fue vencido por la sed de la sequía, absorbía el agua de la tierra que protegida por las generosas hojas de la auyama, era negra como la noche; y el fríjol ya no supo más del suelo, ascendiendo seguro sobre el vigoroso maizal; y así juntos, maíz y fríjol, protegían a la auyama del bondadoso taita sol.

Entonces nosotros los muiscas, caminantes de los andes, paisanos de cóndores y ranas, comprendimos que no eran tres las semillas, sino una, una sola semilla de todos los colores. En la milpa se encuentran todas las semillas o la semilla de todos los colores, haciéndose cada vez más abundante y generosa, conforme los hombres y mujeres de los distintos colores y alturas las fueron sembrando en las tierras negras, en las tierras amarillas, en las tierras rojas y hasta en las aguas. Fríjoles y hombres naranjas, maíces y mujeres rojas, ahuyamas y otros seres amarillos fueron saliendo de allí. De esa unidad diversa aprendimos los muiscas, de esa unidad diversa sobrevivimos. Caminando, sembrando y comiendo la milpa nuestros pueblos se hicieron grandes, se hicieron dignos. Por eso, cada vez que un muisca o una muisca siembra la Milpa, se siembra a sí misma, a su familia, a su pueblo.

Hoy, que defendemos la vida por encima de un modelo de muerte fundado en la exclusión y la expoliación, el modelo de la minería a gran escala y de la agroindustria, no podemos seguir comportándonos como monocultivos. Necesitamos de la unidad revolucionaria, colorida y diversa. Y la unidad no somos dos, no somos tú y yo, la unidad somos todos, la unidad somos todas. 

Con el Congreso de los Pueblos, de la Cumbre al PARO!

Señores de la guerra, su tiempo ya pasó, el amanecer será la vida!

 CUMBRE AGRARIA, CAMPESINA, ÉTNICA Y POPULAR 

15, 16 y 17 de marzo - Plaza de los Artesanos
Unidad diversa de pensamiento y de acción

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