5/02/2014

Por Frísol
Para la Guatila, en su natalicio
Encuentro de ríos Jiguamiandó y Jancadía

La historia comienza en el canal de las Menas. Un angosto caño construido por las empresas en el que esperan algunas embarcaciones tipo “Johnson”, con un par de casa-tiendas alrededor. Ha llovido y la tierra entre amarilla y roja se hace greda bajo la hierba. Los rostros se intercambian entre indios y negros. Abya Yala habla.

En el puerto improvisado me espera Luis, de la comunidad de Alto Guayabal, junto a un joven con el que se hace difícil comunicarse. Un muro cultural nos separa, empezando por la lengua, así que sólo compartimos una risa de cuando en cuando ante la torpeza de mi relación con el entorno y las embarcaciones.
El viaje será largo. En total, un tanque de gasolina y un tarro de “liga” (aceite transmisor) se consumirá en el recorrido. El trayecto al principio se hace lento. La embarcación se mueve impulsada por la imperceptible corriente del caño sedimentado que posee un color ocre y por la silenciosa labor sincronizada de Luis y del Joven, cuya herramienta es una rama larga y delgada. La embarcación se mueve como una gran araña llevada por el río, y aquellas ramas son sus patas, que le van dando impulso mientras se anclan en el lecho de arena y piedras, y le dan dirección apoyándose sobre los montículos de las orillas. El silencio reina, el silencio selvático que es bulla, bulla armónica. El enramado se cierra en alamedas y en sus espacios el cielo augura sol.
Como una marcha, el río se hace más grande a cada paso. Se va juntando paulatinamente con otros riachuelos y en algunos encuentros no se sabe quién alimenta a quién.
La bulla armónica, el silencio reinante, se rompe de repente por el sonido del motor que ahora ya se puede sumergir en el caudal. La mística araña deja de serlo para convertirse en simple embarcación motorizada. El ritmo aumenta y su cabeza en punta rompe la corriente haciendo una fuente de agua que arquea a cada uno de los costados de la barca.
Familia Embera surcando el Jiguamiandó
De pronto salimos al Jiguamiandó. La cuenca es amplia, el sol nos abrasa y ahora vamos contra corriente. Los matorrales a lado y lado son resguardados por las altas copas de los árboles, todos ellos distintos entre sí (aunque sea impreciso, pareciera así). Los movimientos bruscos son evidencia de habitantes alados, pero mi ojo citadino siempre mira tarde o mira donde no es. Total, nunca veo nada.
El ronroneo del motor, el movimiento constante y el sol abrasador llaman al sueño. No es seguro dormir ya que hay que evitar ramas y hojas que hacen esfuerzo por contactar el agua. Mientras pienso en ello, ya voy entre dormido, una cachetada florística me hace el primer llamado de atención. Sin embargo el sueño es invencible para mi infortunio. No puedo cambiar mi posición y hablar tampoco es una opción. El joven que siempre estuvo en la “proa” ha decidido dormir, el sí bien acomodado acurrucado al interior de la embarcación, debajo del horizonte de los bordes y, por tanto, protegido por ellos.

A mis espaldas se encuentra don Luis, maniobrando el motor. Hablarle es un despropósito, no sólo porque debe estar pendiente del camino acuático, que tiene sus reglas, sus zonas limpias y sucias, sino porque no domina muy bien el español, mucho menos el mío (hablamos dos españoles distintos) y menos aún el mío sitiado por el ruido del motor. En definitiva, me encuentro a merced del sueño. Llego a esta conclusión nuevamente dormido, hasta que una rama me fustiga y despierto de improvisto. Para no parecer estúpido, me hago el que intenté esquivarla y tal vez, haciéndolo, no parezca sino otorgue plena certeza de mi estupidez. Me acomodo la gorra desacomodada por el golpe y hago todo tipo de maromas hasta que la amplitud del caudal me da la tranquilidad de dormir a discreción.
Habrán pasado una, casi dos horas de recorrido. El sol es más intenso, se ha desplazado unos renglones al occidente del cenit divisando mi cuello. Acomodo mi camiseta, no para protegerlo, sino para que se queme menos. Conforme escalamos el Jiguamiandó, su color transita del ocre al verde grisáceo y sus aguas turbias se hacen cristalinas.

Ranchos del Alto Guayabal
El paisaje monótono se hace incluso idéntico a mis ojos. Despierto de sueños cortos cuando el agua chispotea y me parece ver las mismas playas y las mismas riveras de la vez anterior, las que serán las mismas de la ocasión siguiente. Sólo los caseríos, Pueblo Nuevo (el viejo y el nuevo) entre los principales, le otorgan novedad a la belleza permanente.
Al cabo de tres horas largas sé que nos aproximamos al destino porque el joven se levanta y ocupa su sitio de trabajo. La embarcación se orilla bajo un poblado que se asienta a unos 10 metros por encima del nivel del río. Unas 300 personas habitan el Alto Guayabal, perteneciente al Cabildo Mayor Embera de Uradá y Jiguamiandó (CAMERUJ).

Los ranchos se elevan para evitar el efecto destructor de las aguas, llamado humedad. Los techos son de zinc o de hoja de cortadera trenzada, pero esta última es cada vez más escasa en los bosques y –dialécticamente- cada vez son más escasas las sabedoras que conocen el arte de trenzarlas.
Hoja de cortadera trenzada
Los caminos son los surcos que los pasos comunes van creando, apoyados de tablas que facilitan los pasos sobre las trochas. Mi carpa se ubicará en el rancho del concejero mayor, que no dista mucho de los demás ranchos. Un tronco tajado hace de escalera para acceder a él. En realidad, los caminos con “tablas puente” y las “escaleras tronco” hacen del lugar un campo de entrenamiento para el equilibrio.
Hay alerta en el asentamiento por una epidemia de paludismo. Una enfermedad de la que poco se sabe. Sólo que ataca repentinamente. Un día fiebre, vómito y diarrea. Al otro día entre la línea de la vida y la muerte. El gobierno no ha querido enviar una misión de salud y en el pueblo más cercano con atención hospitalaria (Mutatá), no se les atiende salvo que lleguen medio muertos, en razón a que no se ha terminado de cerrar un convenio. A hoy han sido cinco niños, cinco angelitos, así, sin encabezados, impunemente…
Al llegar, la comunidad se encuentra reunida en asamblea. Hablan airadamente en embera. Salvo por quienes ya me conocen, la gente asume dos actitudes: los que son indiferentes y los que me miran con esa mirada inequívoca que se guarda para el forastero. Su expresión seria genera una imagen confusa que se aclara al momento de saludarlos o en que te saludan, se rompe la relación foránea y la sonrisa amistosa aparece.
Sólo a la noche hubo comida. Esta no abunda ni tampoco es diversa. La precariedad es causa y consecuencia. Su territorio, el de los “latifundistas” indígenas, como diría el otrora narco-para-presidente, se queda corto. Las áreas más fértiles, o mejor, las más propicias para el monocultivo de escala de plátano, arroz, yuca, maíz o caña, se encuentran dentro de los territorios colectivos afro. Aunque eso sí, es bien sabido que tanto negros/as como indios/as están en las márgenes de la frontera agrícola cercados por el latifundio bananero y ganadero –en esa región, y para colmo, sus territorios, a donde fueron desplazados por la fuerza hace décadas, es hoy asediado por empresas, paracos y milicos para instalar allí plantaciones palmeras, minas o mega-vías.
Total, no hay muchas tierras. Y sin tierras, no hay comida suficiente ni para la comunidad ni para los animales. Cada vez se crían menos cerdos y las escuálidas gallinas, eso sí todas felices, se dedican a poner huevos en su mayoría. Con todo y relativa, aún existe soberanía alimentaria. El plátano, la base. La salida económica que permite comprar lo que ya no se produce es la madera. La regla de la comunidad es siembra cuatro por cada uno que tumbes.
Aquí se aprende observando. Ya sé que las botas de caucho son el calzado oficial (en los hombres), pero éstas se quitan al ascender al rancho, como quien quita la tapa de un platillo para los zancudos y el jején. Aún así, complacido lo hago, lo único que me preocupa es el paludismo.
La primera actividad del día es sin duda la más alucinante, empezando por su enunciación: “hay que bajar a bañarse al río”, da placer sólo de leerlo, sólo de decirlo, y en mi mañanas, sólo de pensarlo. Y así fue, baje y me bañé en el río, sentí la calidez del río frío, junto a otros y otras que lavaban sus ropas y a sí mismos.
Guaguas en el Jiguamiandó

El río es vida y el río es ciertamente la vida. Allí se baña, se lava, se juaga y ríe, se recoge el agua para beber (allí arriba) y se hace del cuerpo (allí abajo). Y es el río la autopista principal de conexión con los otros mundos. Alto Guayabal es el encuentro de dos ríos, el mayor Jiguamiandó, y el menor Jancadía. Poderoso encuentro. A lo lejos, hacia el sur, se levanta imponente el cerro Care Perro. Intenté hallarle su forma canina hasta que Armando, baquiano de la región, me explicó que los mayores le llaman así porque allá se esconde el espíritu Care Perro y porque allá son enviados los espíritus oscuros. Por eso es sagrado.
El cerro es también símbolo de resistencia. El proyecto Mande Norte, para explotación minera y disputado entre multinacionales canadienses y yanquis, intenta hacerse con el cerro. Para esto, el Ejército desplazó a comunidades indias y negras, mismas comunidades que decidieron en el año 2009 ocupar el cerro, exigir su desmilitarización y hacer respetar su intención comprobada de que allí no se realizara explotación alguna.
Cuenta Armando que para entonces llevaron 4 Jaivanás o Médicos tradicionales (son médicos porque no diferencian entre aquejencias físicas y espirituales) para llamar a los espíritus y asustar al Ejército. Los Jaivanás cantaron y el Ejército no fue capaz de subir. Las piernas les temblaron, su respiración se agitó de improvisto, y luego de escuchar gritos escalofriantes, retrocedieron. Por aquella ocasión, las 1.800 almas del Abya Yala que ocuparon el cerro les ganaron la partida a las armas extranjeras, portadas por hijos del pueblo instrumentalizados.
Por ese mismo proyecto, el CAMERUJ no hace parte del Cabildo Mayor del Carmen del Darién, ya que éste consintió la consulta previa irregular que en su momento dio vía libre a la explotación minera. Desde allí disintieron irrevocablemente.
Habrá una diligencia judicial. No vale la pena retratarla aunque sea la razón de mi visita. Lo relevante es que la comunidad debe tomar una decisión delicada. Pese a la resistencia inicial, un Jaivaná acompañará el asunto. En la noche soñará y de eso dependerá la realización de la diligencia.
Aquí se le permite a la noche ser más noche. No hay luz más allá de las linternas, las velas, y una que otra casa con generador. Así se construye la paradoja, entre más oscura es la noche, más se evidencia su claridad, aún de aquellas nubladas y sin luna. No es la oscuridad la que reina, sino la penumbra, las sombras.


El rancho de Don Luis, amplio para las fiestas
Una tarde de sol, que según dicen presagia las aguas, fuimos con una compañera-amiga hasta la casa de doña Fidelina, quien nos hizo prometerle la visita. Como es costumbre, llegamos con las manos vacías y salimos con varios panes de yuca y dos piñas. Mi amiga se hizo también con un corozo de Jagua, para poder pintarse el cuerpo con las figuras aritméticas con las que los lugareños se adornan.

Al final no hubo la tal diligencia. No porque el sueño del Jaivaná hubiese sido negativo, sino porque los helicópteros de la fuerza aérea no quisieron traer a la comisión investigadora que debía adelantarla. Se nos informó que todo el pie de fuerza represora del Estado debía estar disponible. Es 28 de abril y el tal Paro Nacional Agrario y Popular, en su segunda edición, ha comenzado. 

En contexto