2/18/2015

Por Frísol 
 
"Por eso los muiscas y las muiscas aprendimos que no se deben alimentar lo egos así estos brillen como el oro. También sabemos l@s muiscas que no estamos solos aún en la más asidua de las noches, pues unos ojos parpadeantes nos amparan desde la altura. Y sabemos l@s muiscas que la justicia, esa de a cada quién según lo de cada cual, estará a favor de los hombres y mujeres libres mientras la Luna, impetuosa y resuelta, siga haciendo su danza por el ancho cielo."
 
 

LOS TIEMPOS CELESTES

En los tiempos del principiar de la vida, no era uno sino eran dos los astros que ahuyentaban la oscuridad del universo; el taita Sol y la abuela Estrella. Amb@s eran de un amarillo refulgente, sólo equiparable al de aquél mineral que hoy adorna a los sabios y sabias muiscas y que por muchos años ha dormido apaciblemente en el lecho de los ríos.

Dos caminos recorrían el abuelo Sol y la abuela Estrella, porque en el cielo se saben cruzar caminos, así como en la tierra. El Sol se sabía un camino más largo, trazado para su pensar pausado y su voluntad mezquina. La Estrella se paseaba más rauda sobre la tierra porque era impetuosa, resuelta y se tomaba partido por la justicia.

Los dos astros acordaron sintonizar sus caminos para que no faltara oscuridad profunda a l@s herman@s de la tierra, porque la noche se hacía falta, decían, como se hace falta el silencio al canto. Así se crearon el día y la noche, el alba y la alborada, y el tiempo se paseaba más lento porque los días eran más largos que aquellos conocidos por nosotros y nosotras las muiscas.

Del amor verdadero, los dos grandes astros alumbraron una cría. Un lucero que más parecía una maraña de fuego al lado de la portentosa presencia del taita Sol y del brillo infinito por el cual sería siempre recordada la abuela. Pero fue precisamente su propio brillo el que en una era desgraciada obnubiló a la vieja Estrella, que era vieja para nosotr@s pero no para ella.

El reflejo de su luz, formado sobre las aguas mansas de las lagunas agazapadas entre las recién alzadas montañas, y más arriba, sobre las nieves impávidas que cubrían sus cúspides, entretuvieron tanto a la abuela Estrella que pronto se le fue olvidando el velar por la justicia de los seres. Un malaventurado día ocurrió lo inevitable.

La pequeña cría, que no se andaba tan feliz en los cielos, bajó a la tierra a saludar el arcoíris de las flores, con tan poca fortuna que se perdió de la vista de sus ancestros y la envolvió la profundidad de la noche. Su brillo, que era apenas como el fuego, creó la penumbra y en ella cayó y resbaló hasta sumergirse en lo más recóndito del mar.

La Estrella, tan despistada por entonces, no tardó mucho en percatarse de la ausencia de su guagua y desesperada emprendió su búsqueda que fue por tierra, cielo y agua. El taita Sol, como era de esperarse de su carácter ascético y parco, se lamentó al enterarse de la pérdida, pero dejó el destino al designio de los dioses primeros.

La más intensa amargura vivió la abuela Estrella lamentando su descuido que llegó a los límites de refundírsele la hija propia. Luego de mucho meditar, la abuela, que era impetuosa y resuelta, tomó la más valiente decisión de los días primeros de los tiempos y una tarde cualquiera apretó contra sí su luz y su calor, tan fuerte y durante el tiempo suficiente hasta volar en millares de retazos. Ella había soñado con otros desenlaces, tal vez explotar de una carcajada al final de sus viajes, pero fue una insalvable tristeza la que forjó la admirable convicción.

Desde entonces, no hay una sola Estrella sino millares, una por cada rincón del cielo, que se andan pendientes de todos y cada uno de l@s seres.

De la pequeña lucero no se supo sino muchos años después, cuando descifró los laberintos del océano y emergió irreconocible, hecha una roca fría y pálida, a quien tiempos después l@s muiscas dieron por llamar Chía o Luna. Al ser enterada de la voluntad férrea y del destino trágico pero poético de su madre, decidió ascender nuevamente para re-andar su camino, el de la mama, por los altos cielos. Y desde allí reflejar la luz del taita Sol para iluminar la ceguera de quienes vagan en la penumbra u ocultarse tras él para amainar con la oscuridad la ceguera hecha de los propios egos. Así se ocupó del ancestral oficio de su madre, ese de la justicia de los seres.

Por eso los muiscas y las muiscas aprendimos que no se deben alimentar lo egos así estos brillen como el oro. También sabemos l@s muiscas que no estamos solos aún en la más asidua de las noches, pues unos ojos parpadeantes nos amparan desde la altura. Y sabemos l@s muiscas que la justicia, esa de a cada quién según lo de cada cual, estará a favor de los hombres y mujeres libres mientras la Luna, impetuosa y resuelta, siga haciendo su danza por el ancho cielo.

Bakatá, Enero de 2015

Ver Los tiempos de la agricultura http://colectivoagrarioabyayala.blogspot.com/2014/03/entonces-los-y-las-muiscas-caminantes.html

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