4/14/2015

Foto: Proceso de Comunidades Negras
Por Naydy* 
Proceso de Comunidades Negras
Tomado de Revista el Derecho a Vivir en Paz


Existe gran revuelo por la aparente terminación del conflicto armado interno que en Colombia lleva algo más de medio siglo. Esta guerra que nos ha cobrado más de 220 mil muertos y desaparecidos y alrededor de 6 millones de víctimas que se han visto forzadas al desplazamiento según ACNUR. Para esta guerra, el Ministerio de Defensa, lleva en tan sólo los últimos 10 años, una “inversión” de más de 250.000 billones de pesos, algo así como 97 trillones de dólares.

Desde diferentes partes del movimiento social nos preguntamos; ¿estamos realmente al final del conflicto interno? ¿O simplemente es el paso que sigue, dentro de la estrategia global de represión y dominación? Hay varios tipos de paz, entre las más sonadas dentro de la construcción histórica de occidente están: la pax romana o el silencio de las armas, la paz griega ó Eirene; la de equilibrio individual, y la paz cristiana; que recoge los principios /shalom/hindú/ shanti), y que sugiere la presencia de la justicia. ¿Justicia para quién? ¿Quién dice qué es la justicia, si lo único que se escucha al preguntar a los poderes militares, políticos, económicos y de comunicación, es la misma voz que grita: muerte, despojo, miseria? 

Los diálogos que partieron oficialmente el 18 de octubre del 2012 y que se están llevando en La Habana no cuestionan ni transformarán el orden desigual de este país. Mientras escribo estas líneas, hay 7 millones de personas, -así lo dijo Paula Gaviria Asesora presidencial para los derechos de las Víctimas-, que se convierten en “beneficiarias” o “víctimas” de las leyes de restitución de tierras y atención a víctimas. A ellas, hoy se están sumando 665 personas que constituyen 165 familias entre afrodescendientes e indígenas en el Chocó. Estas familias salen de su tierra para convertirse en “beneficiarias” del Estado. 

Beneficiarias en el sentido de ayuda humanitaria, esta condición las despoja de su dignidad, dejan de ser sujetos plenos de derechos ya que le son negados sus derechos civiles y políticos como sus derechos económicos, sociales y culturales que es a lo que nos ha reducido el discurso liberal de los derechos, a cambio de un auxilio que les obligue a mendigar para subsistir. Mientras escribo esta nota, se recibe la noticia de una nueva declaración de objetivo militar a líderes comunitarios, defensores y defensoras de derechos humanos, que se han opuesto a la minería inconstitucional e ilegal por parte del grupo paramilitar Los Rastrojos, en el Cauca, y que se suman a los más de 60 abrazos con chalecos antibalas que es la forma en que el Estado Colombiano protege la vida. 

Mientras escribo esto, se completan dos semanas en que 500 personas del Escuadrón Antidisturbios, armados por el poder, violentan “con la legitimidad de las trasnacionales” la integridad del pueblo Nasa que cumple el mandato de liberar la madre tierra también en la zona del Cauca. Es así, a lo largo y ancho de toda esta geografía, a la que le impusieron ser Colombia, con todo y sus 1100 municipios, son ya 283 protestas por conflictos sociales del tipo laboral, movilización, salud, educación, vivienda, minero energético, ambiental, que se han registrado en lo corrido del 2015 según datos de la Defensoría del Pueblo.  ¿Cómo se contiene a estas comunidades nuestras emberracadas? Ocho años de cárcel a quién bloquee una vía. Regresan los tiempos del estatuto de seguridad ciudadana de los 70´s empeorado con el silencio cómplice de los medios masivos de comunicación dedicados a desvirtuar las causas de estas manifestaciones. 

El acuerdo para la salida negociada al conflicto Colombiano no transformará las motivaciones que tienen quienes actualmente violan los derechos humanos. No lo harán, porque sus “actores” no tienen ojos para vernos a l@s de abajo, a l@s violentados en nuestro ser desde hace más de 500 años, con esa idea de que hay pueblos superiores. La diáspora africana, la de abajo, entiende la paz como la tranquilidad para ser, estar, compartir comunidad, en coexistencia, de acuerdo a las memorias. Nuestra paz no quiere vencedor@s, nuestra paz rechaza vivir de acuerdo al proyecto de vida que impone el colonizador. Y es por eso que precisamos transformar las relaciones entre nosotras y nosotros y con los elementos de la naturaleza. Lo que ocurre en La Habana es sólo una repartición de la administración de la pirámide. Nuestra paz es la destrucción de esa pirámide, cualquier pirámide, que se erija a costo de la vida base.

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