8/18/2018

En la génesis de la Abya Yala y entre la manigua de los Andes caucanos, el Jaguar rugió. Rugió para el viento, y en su sonar, puso a volar historias sobre el Cañón que se forma entre las majestuosas montañas del bajo Río Cauca.

Por: Bore, Borojo y Pitahaya - Movimiento Campo y Vida  - MOCAVI
A través de sus resueltos pasos y extensas caminatas por bosques tropicales, el Jaguar conoció a los pueblos que desde estos tiempos ancestrales, se han andado la vida, en el hacer de sus oficios. El felino atento, cazó con estas gentes a hermanosanimales de monte como la rata espinosa; navegó con ellos, pescando bagres rayados, bocachicos, doradas y pacoras, que en contra de las corrientes, siguen su rumbo aguas arriba; también, se sorprendió al aprehender la habilidad de las mujeres que barequean el oro, que desde el sur de los Andes, es arrastrado por aguas y sedimentos del poderoso río Cauca.
Rugidos de sorpresa exclamó, al darse cuenta que la libertad de los pueblos del agua, es dada por el río, el bosque y la montaña. Que sus gentes -las cañoneras- nadando, balseando y paleando, resuelven su existencia. El Jaguar, había entonces, husmeado entre secretos que jamás imaginó. Los vientos, alertados pero tranquilos por el rugir del Jaguar, empezaron a resoplar en la dirección del agua, los secretos del Cañón. Los pueblos anfibios que habitaban las aguas bajas del río, compartieron la fuerza de las gentes cañoneras, y aprovechando el vuelo de las aves que desde las planicies migran hacia las cordilleras, enviaron a sus hermanos riberos, abrazos de solidaridad.
Es así, como desde tiempos inmemoriales, las gentes del Cañón han sido conocidas por su serenidad y profunda sapiencia. Como sus hermanos riberos, la cañonera sabe que todo está en equilibrio al escuchar las sonoridades del bosque, que de eco en eco, van tejiendo vida entre las montañas; sonoridades, que se expresan desde las gargantas de los monos nocturnos y capuchinos, de la guacamaya militar y los millares de abejas, que en su oficio polinizador, han permitido a las guardianas de semillas, ayudar a parir de la tierra la labranza con las que se han alimentado por cientos de años los hijos anfibios de estas gentes de río.
Susurran los vientos de La Magdalena, conocidos como La Nevada, Morales, La Sierra y Bajero, que las cañoneras manejan con maestría el aire, el agua, el fuego y la tierra: El aire porque lo escuchan y lo sienten en cada milímetro del cuerpo. El agua porque la tienen fluyendo en sus seres y se conectan con ella en el balseo por el Cauca. El fuego porque las ha movido y permitido sobrevivir a los rigores de la guerra. La tierra porque les ha dado la vida, el alimento y la existencia.
Son armónicas en el Cañón, se esconden y se comunican, aparecen y desaparecen, son sombra y son luz, son seres mágicos que han enfrentado todo tipo de conflictos y han sabido librar cientos de batallas. Hoy, sobreviven a la modernidad impuesta, al desarrollo avasallador, a la impunidad y mentiras, a la avaricia y codicia de algunas, así como a la indolencia y egoísmo de otras. Persisten y resisten colectivamente en su Cañón, junto al Patrón Mono, peces, picos de hachas, osos, borugos, guacamayas, aves, y todos los hermanos que habitan el bosque. Sobreviven junto al agüita y a todas las relaciones tejidas en sus territorios. Insisten desde el afecto, al reclamar de sus derechos con vehemencia, paciencia y dignidad.
Se niegan a caer en el olvido y ante la mirada elitista, sus fuegos ardientes y miradas brillantes han de renacer porque tienen la certeza de que el gran Jaguar, los vientos, las aguas y las montañas, en su complicidad, jamás van a desamparar su libertad anfibia.

Dibujo Pitahaya

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