sábado, abril 25, 2020


POR GUATILA ANDINA 

El Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas e Involuntarias de la ONU advirtió en 2017 que los migrantes están expuestos a un mayor riesgo de padecer vulneraciones de derechos humanos, incluso desapariciones forzadas, haciendo referencia particular a las rutas migratorias que cruzan fronteras hacia los países del norte

Sin embargo, el vínculo entre la desaparición forzada y la migración es histórica y ocurre también dentro de las fronteras de nuestros países. En Colombia, buena parte de nuestra economía yace sobre migraciones masivas de mano de obra campesina que trabaja al vaivén de las bonanzas económicas: plantaciones de banano, la recolección del café, campos petroleros o minas de oro y níquel y, por supuesto, el cultivo de coca. 

El correlato invisible de las promesas de un mejor horizonte es la sobreexposición a escenarios hostiles en donde la soledad del forastero deprecia sus historias y cuerpos. Es posible que el caso más dramático de olvido y desaparición de migrantes esté en las selvas del Guaviare, en donde miles de campesinos colonos poblaron sus tierras en medio del conflicto armado y una economía cocalera creciente. 

La tierra prometida se difuminó en detenciones arbitrarias, reclutamientos forzados, ejecuciones extrajudiciales, muertes en medio de un combate, un bombardeo o un señalamiento de haber brindado un vaso de agua a uno u otro grupo. La crudeza de la guerra llevó a sepultar sus cuerpos sin que nadie pudiera devolverles el nombre, ni avisarles a sus familias que no regresarían a casa.

Aún nuestro país no termina de contar los desaparecidos y sólo tenemos aproximaciones a algunas cifras que ya comienzan a mostrar la abrumadora cantidad de migrantes desaparecidos. La lejanía y la falta de contacto con sus familias y amigos dificulta su búsqueda y nos llama a redimensionar nuestros lazos de solidaridad con el viajero, el forastero, el desconocido que llega para quedarse.